17 julio 2015

Convergencias en los filos del tiempo

La última vez que supo de ella, unos años atrás, le habían contado que vivía en una pequeña aldea perdida en el norte. Entonces pensó que si cogía el coche podría… Pero no lo hizo. No le echó atrás lo imposible de la empresa, esa vez le frenó la ausencia de lo único que le permitía levantarse cada mañana. La esperanza.
Se conocieron veintidós años atrás. Él festejaba junto a sus compañeros el término de los últimos exámenes de Medicina. Desde la Glorieta de Quevedo, camino a Cuatro Caminos, iban parando en cada garito que encontraban abierto para tomarse una copa. Fue en el tercer local donde su corazón dejó de latir por unos segundos para, seguidamente, acelerarse como un Concorde. Minutos después, sus piernas se negaban en rotundo a abandonar el lugar, dando así por finalizada la peregrinación nocturna. Frente a ella, apoyado en la pared y con el vaso de tubo vacío en la mano, permaneció horas contemplándola extasiado, haciendo acopio del arrojo necesario para aproximarse. ¿Te importa si me siento a tu lado?, le dijo al fin. Ella volvió la cabeza para contestarle pero sus ojos, sorprendidos, se cobijaron en los de él acuartelándose e impidiendo que de su boca saliera palabra alguna. No eran necesarias. Nunca un silencio dijo tanto.
Marchó de regreso a Orense con la firme intención de volver para reunirse de nuevo con ella después del verano. No volvió. Le dijeron que se había enamorado de otro. Una mentira que su autor no confesó hasta varios años después. Fue entonces cuando comenzó su zigzagueante búsqueda. Ni una pista. Nada. Solo en noches de zozobra la encontraba entre sombras agitadas para volver a perderla en una lacerante pesadilla que se repetía a lo largo de los años inmisericorde. Su recuerdo, siempre presente y marcado a fuego, tronchaba cualquier intento de acallarla olvidándola en otros ojos. Ojos que agonizaban y siempre huían desengañados abandonándole entre reproches.
El aviso del ingreso por urgencias de una mujer, vecina de Agra, con politraumatismos, le sacó bruscamente de su recogimiento. “Malditos accidentes”, pensó. Cuando la ambulancia llegó al hospital, la vida de la mujer se desprendía de su cuerpo a jirones en una apresurada huida. Apenas fue perceptible. Esos ojos que nunca pudo olvidar, volvieron a posarse en los suyos reconociéndole y revelándole en silencio que ella siempre supo que volverían a encontrarse.
Las lágrimas le escocían y le costaba respirar. Aunque intentaban recomponerle, él permanecía abrazado a ella meciéndola y susurrándola. Se había ido pero su muerte nada cambiaba. No sabía dónde ni cómo, pero le juraba que volverían a encontrarse porque, fuese a donde fuese, jamás dejaría de buscarla.


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