31 enero 2016

Virtudes

“Mi dulce Azucena, temo que estas letras que hoy escribo con el corazón maltrecho nunca lleguen a vuestro encuentro. La misiva que en mi nombre os hicieron llegar, y en la que os muestro grande menosprecio y desaire, silenciaba, entre su bruna tinta, el deseo y amor sincero que por vos siente mi espíritu.
Pensar que al posar por vez primera vuestros convulsos labios sobre los míos padecí gran desazón. Hoy, evocar el roce tenue de vuestros dedos despertando mi incólume y virginal carne me excita y hace enardecer con frenesí mis anhelos.
¡Oh, mi dulce Azucena! Cuán desmedido es el desasosiego que me atora y que viaja ligado a mí ahogándome en la desdicha, pues conforme el ferrocarril avanza, mayor es mi tormento.
Culpable me siento y soy. ¿Acaso no fui yo con mi embrujo, como me reprochasteis, la causa de vuestra perdición? Y así y todo se me antoja que, de no habernos importunado madre, vos me hubieseis instruido diestra hasta explorar cobijos tan gozosos como ignotos para mí.
Mi avezada institutriz, que en edad me dobláis, no permitáis que mis principiados quince años os desvelen pues, a pesar de que marcho a cumplir forzadas nupcias como escarmiento y en prevención de males mayores, como así demanda padre, cuando menos lo esperéis me hallaréis de regreso, pues mi palabra os doy de que jamás mis pensamientos se apartarán de vos.”
Exánime, alzo el plumín del papel extraviando tras los fríos cristales la atribulada mirada. Fregeneda. Unas grandes letras azules sobre azulejos blancos en la fachada frontal de la estación me anuncian el final del trayecto.
Con profusa desidia desciendo las escalerillas e, indolente, permanezco en el arcén a la espera de recibimiento. Al retomar el ferrocarril su marcha, una nubosidad me atrapa y oculta hasta evaporarse perezosa. Como emergiendo de un lance onírico, unos sublimes ojos se manifiestan encauzándose candorosos a mi encuentro. ¿Acaso por ventura la vida me ha abandonado y un celestial querubín acude en mi amparo? ¡Cuán prodigiosa perfección, beldad y primor en tan púber damisela!
—Disculpad a mi hermano por no acudir a recibiros, mas han sido tan precipitados los acontecimientos que, aun hallándose lejos de montería, presuroso está en retornar para reunirse con vos. Hasta entonces, a mí han sido encomendados vuestro acomodamiento y contento. Confío que la puerilidad de mis trece años no os cause motivo de contrariedad. Mi nombre es Lorena y vos debéis ser Virtudes.
—Así es, mi querida Lorena, pero no os inquietéis, mas por el contrario, auguro entre nosotras un inmejorable y placentero entendimiento. ¿Os gustan los juegos?
Me dejo guiar asida de su brazo hasta el interior de la estación donde una gran chimenea atenúa el frio adherido en los huesos de los destemplados viajeros. Me arrimo por unos segundos a ella y regreso con exquisitos movimientos atildados adueñándome nuevamente de su brazo. Mientras nos alejamos entre cucamonas, la carta que ya nunca llegará al encuentro de la dulce Azucena, crepita furiosa entre las llamas.


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