07 julio 2015

Apogeo y colapso de una estrella

Desearía que el tiempo se curvara sobre sí mismo para poder volver atrás. Justo antes de conocerle. Ella entonces era dueña plena de su propia existencia. Su espíritu ondulaba en un confortable estado de calma chicha que, debido a un efecto espejo, reflejaba su luz interior haciéndola resplandecer. Todo parecía tener sentido. Se hallaba fuerte y, aunque no sabía bien lo que quería, al menos ya sí sabía lo que no. Esa seguridad y aplomo le proporcionaba irresistibles destellos magnéticos. Disfrutaba de un periodo de autocomplacencia y despreocupación y, eso, le pasó factura.
La noche que la abordó, la de su cuarenta cumpleaños, ella brillaba como pocas veces lo había hecho. Junto a su grupo de amigas, salieron dispuestas a “quemar la noche”. Hasta con una bata de guata hubiera estado bella pero, ataviada con aquella sugestiva minifalda, regalo de sus amigas, estaba realmente radiante.
Él, un hombre inseguro y veleidoso, cada mañana se enfunda en un ropaje de arrogancia y artificio que, a fuerza de acomodarse, se le ajusta como una segunda epidermis. Embarcado en su largo champán, camuflado al vaivén inestable de sus aguas turbias, navega buscando estrellas rutilantes como si un astrolabio imaginario le guiase certero hasta ellas.
Captó su luz. Por un corto espacio de tiempo hizo aumentar su luminosidad hasta que, como a una supernova, la colapsó ocasionando su debilitamiento y total extinción. Alteró su esencia originando un agujero negro que desde entonces solo arrastra hacia sí, desconsuelo y amargura.


11 junio 2015

En un motel de cine

El agua mana del rociador arrastrando la tensión acumulada los últimos días. Súbitamente, la cortina se abre. Una silueta de mujer empuña un cuchillo que hunde repetidamente sobre el cuerpo mojado de la joven. Música y gritos se aúnan en estridente fragor mientras la sangre fluye mansa hacia el sumidero.


07 junio 2015

Predestinado

Un fogonazo verde en el horizonte fue el preludio de la batalla interior que destruyó mi entendimiento, zarandeando una prometedora existencia y derribando lo que muchos auguraban como un salvo y predestinado sino.
Por entonces, en mi Sevilla natal, ya era agasajado por grandes hombres de poder y fortuna que pugnaban por mis servicios. Que mi maestro me aceptara como aprendiz en su afamado taller me facilitó las cosas, no diré otra cosa, pero el gran salto solo fue posible gracias a mi craso e innato talento, cada día más reconocido.
La misiva lacrada del duque llegó recién retorné de la espléndida Florencia. Allí me había impregnado del arte que, como si flotase liviano mecido por el aire, parecía alcanzar cada uno de sus recónditos espacios. Y con el espíritu colmado de inspiración y oficio, acepté el encargo de retratar a su joven hija.
Sentada sobre un suntuoso sillón, me recibió con una mirada tan glaciar como pétrea esmeralda.  La duquesita, como así se la conocía en la Villa, era una venus púber acostumbrada a las reiteradas lisonjas de jovencitos bisoños y vetustos lujuriosos. Conocedora de la fascinación y arrobo que producía en los hombres, seducía a cuantos incautos se acercaban a ella y que, como avezados nautas ante los cantos de sirenas, caían en el más profundo de los éxtasis primero y desesperanzas después. Esa, al menos, era la leyenda que corría de boca en boca y a la que de primeras, un hombre juicioso como yo, no quiso dar credibilidad.
Mientras posaba día tras día distante y regia, con su majestuoso vestido de terciopelo y brocados, el lienzo inmaculado se iba convirtiendo, trazo a trazo y pincelada a pincelada, en un magnífico y, a la vez perturbador, retrato de aquella seductora niña mujer. Casi concluido, no juzgué necesario que posase más y así se lo hice saber. A la mañana siguiente, la duquesita no me esperaba sentada en su sillón. Inmerso en la contemplación de mi obra no la vi acercarse. Me sobresalté al sentir sus ardientes y trémulos senos tentando mi espalda. Una vaporosa camisola dejaba vislumbrar su sublime cuerpo, insolentemente delicioso y joven. El deseo largamente contenido estalló apoderándose de mí, poseyéndola con tal furia que sus gritos gozosos aún hoy me acompañan.
El duque, desconcertado pero, exhortado por su hija, rechazó el retrato expresando su malestar por lo que, me manifestó, no era un buen trabajo. El boca a boca volvió a actuar implacable poniendo fin a mi recién estrenado prestigio como talentoso artista. Hoy, decrépito y menesteroso, contemplo el viejo lienzo y vuelvo a evocar cómo, agazapado en sus estáticos ojos esmeraldas, un fogonazo verde en el horizonte fue el preludio de una batalla perdida.


23 mayo 2015

Abandono anunciado

¡Qué buenos años y cuántos buenos recuerdos! No había cumplido aún los dieciocho cuando ingresó en la Facultad. Estaba muy asustada aunque no más que un nutrido grupo de alumnos que, como ella, habían dejado a sus familias y sus pueblos para ir a la gran ciudad a estudiar.
Sus padres difícilmente habrían podido afrontar tantos gastos. Es verdad que, de haber podido, tampoco entonces veían necesario que su hija estudiara en la universidad. Para ellos, en especial para su madre, ella era una niña tan preciosa que podría aspirar, no ya solo a un buen partido, sino, al mejor. Su gran belleza le garantizaba una vida sin preocupaciones ni penurias dedicada en exclusiva a cuidar de un marido y criar unos hijos.
Fue su abuelo Teodoro el que, desde que ella era muy niña y dio visos de gran inteligencia y curiosidad, fue amasando en secreto una pequeña fortuna para sus estudios universitarios. Como maestro de la escuela del pueblo, quería que su nieta estudiara una carrera y, en cuanto tenía oportunidad, se lo decía: “Mariquilla, hazme caso, no aspires a conquistar el mundo con tu belleza, embellece tu cerebro porque la belleza exterior, al igual que un amante desleal, un buen día te abandonará sin miramientos”.
Y así lo hizo. Se aplicó a conciencia y sacó sus estudios de forma brillante. Durante esos años de preparación hizo muchos amigos pero nunca quiso comprometerse con nadie porque, como le insistía su abuelo: “Cuando llegue quien ha de llegar lo sabrás, Mariquilla, no pierdas el tiempo en andanzas amorosas”.
Habían pasado décadas de esa época y su vida transcurría apacible. Hasta que recibió la invitación para la reunión de antiguos compañeros de promoción. Su primera reacción fue de enorme alegría ante la perspectiva de volver a ver a todos sus viejos amigos. Minutos después, sentada frente al espejo y con el viejo álbum sobre las piernas, acaricia cada una de aquellas fotos que la devuelven al pasado y siente miedo. Sus ojos, su sonrisa y su piel hacía tiempo que habían dejado de brillar. Como vaticinara su abuelo, su belleza la abandonaba como un cruel e infiel amante. El miedo a envejecer sola se precipitó arrollador sobre ella y, decepcionada, se pregunta por qué el abuelo Teodoro, de eso, nunca le dijo nada.


15 mayo 2015

La caza

El ladronzuelo se escabulle como una lagartija entre las alcantarillas. Los esbirros del gobernador toman posiciones. Una vez devora el mendrugo robado, asoma confiado por el colector. Un garrotazo hace estallar su cabeza. ¡Así limpiamos la ciudad de ratas! Gritan a la vez que arrastran el pequeño cuerpo sin vida.

12 mayo 2015

Encuentros voraces

Nunca se desprendía del teléfono móvil. Incluso cuando salía temprano a correr se ajustaba el brazalete deportivo para poder llevarlo cómodamente encima. No había completado ni una tercera parte de su recorrido diario cuando escuchó el maullido de un gato. Paró en seco y sacó el teléfono de su funda.
“¿Cómo tienes el puente?”. Como siempre, sus parcos mensajes le producían una amalgama de sentimientos que se alternaban entre la euforia y el desasosiego. Su primera intención fue llamarle, pero le duró unas décimas de segundo, ella sabía bien que no debía hacerlo. Aunque también estaba divorciado, no le gustaba sentirse comprometido ni atado. “Por mí bien. ¿Dónde esta vez?”
Se conocieron cuando ella, recién separada, decidió airearse un poco y pasar unos días de vacaciones en Valencia junto a Bea, su hija de seis años. Los dos llevaban a sus hijos a un teatro infantil. Desde el primer momento él sintió un interés desmesurado hacia ella y no paró hasta conseguir un nuevo encuentro. Ella, sin embargo, no sintió nada especial por él. Parecía encantador, eso sí, pero nada más. Fueron sus atenciones y zalamerías las que la atrajeron como un imán hasta su cama y las que, contra todo pronóstico, hicieron que se enamorara de él, comenzando así un calvario de encuentros intermitentes. 
Dos años habían pasado ya de eso y ahora él marcaba los tiempos. Su lacónico mensaje era claro y significaba solamente una cosa: estaba solo y quería compañía. La única duda radicaba en si se tenía que desplazar ella a Valencia o, por el contrario, él iría a Barcelona. “Mejor ven tú”. Leyó tras escuchar un nuevo maullido.
Eran contadas las veces que se reunían y sus encuentros sexuales siempre estaban cargados de un deseo intenso, casi animal. Solo cuando sus cuerpos desnudos permanecían ensamblados ella conseguía aplacar los celos que la dominaban consumiéndola por dentro. Se atormentaba imaginando los momentos de pasión que, sabía, se vivían asiduamente sobre aquel colchón y entre aquellas sábanas. Momentos de pasión en los que ella no participaba. Sentía celos de cada milímetro cuadrado de aquel dormitorio que, en su ausencia, seguiría imperturbable como testigo y receptáculo de otros cuerpos desnudos que, como el suyo, aliviarían la insaciable avidez de su morador, haciendo que el deseado encuentro, una vez más, hiriera inclemente su alma con un mordisco voraz.  

27 abril 2015

Haciendo tiempo

Las veintitrés y nueve. Apenas han pasado cuatro minutos desde la última vez que pulsó el botón “Info” del mando a distancia para ver la hora en el televisor. Tumbado a lo ancho del sofá, con la cabeza apoyada en un par de cojines nuevos de Ikea y los pies descalzos sobresaliendo del reposabrazos, Raúl mira indiferente la lata que sostiene entre sus manos. Con el estómago vacío y a punto de apurar su cuarta cerveza, recuerda que tiene guardada en algún armario de la cocina una bolsa de pipas que compró hace unos días. Se lo piensa un momento pero, enseguida, consigue la fuerza de voluntad suficiente para levantarse, buscar las pipas junto a las malditas tijeras para abrir la bolsa y, además de algo para echar las cáscaras, coger una nueva lata de cerveza del frigorífico.
Deja todo sobre la mesa de centro y, a oscuras, tantea el asiento del sofá en busca del mando. De nuevo pulsa el botón donde sale marcada la cadena, el programa y lo que a él más le interesa, la hora. Las veintitrés y quince. Cada vez queda menos.
Ha cambiado tantas veces de cadena que ya no recuerda qué es lo que estaba viendo e inicia un nuevo recorrido saltando de una cadena a otra buscándolo. Ni idea de lo que era así que, hastiado, decide dejar un debate sobre política. Una absoluta falta de interés hace que su mente se disperse y divague libremente mientras sigue comiendo pipas y sorbiendo tragos de cerveza.
Recuerda que no hace mucho todo era distinto. Antes, un sábado por la noche como ese, siempre tenía a alguien con quien compartir su tiempo. Tenía muchos amigos que le llamaban para ir al cine, a un concierto o para ir a tomar algo. No le faltaban planes pero, sin darse cuenta, también siempre decía más veces que no a sus amigos. No podía quedar con ellos porque estaba tan ocupado, les decía, que le faltaban horas a sus días, convirtiendo la falta de tiempo en una asidua y machacona letanía y excusa. Uno detrás de otro, sus amigos fueron distanciando las llamadas hasta que el teléfono dejó de sonar definitivamente.
Amodorrado, oprime el botón del mando y comprueba con alivio que en el televisor ya marca la medianoche. El tiempo para él cada vez transcurre más despacio aunque, otro día más, por fin, ha llegado la hora de irse a la cama.