09 agosto 2015

Antes la obligación que la devoción

Espera una llamada. Un nuevo lagrimón rebosante declina hasta la comisura de sus labios humedeciéndolos. Suena el teléfono. «Salvatore no puede ver un nuevo amanecer». Sereno, vierte la cebolla cortada en la cazuela, extrae su revólver del tercer cajón y apaga el fuego. Los Fettuccine alla Sorrentina tendrán que esperar.



17 julio 2015

Convergencias en los filos del tiempo

La última vez que supo de ella, unos años atrás, le habían contado que vivía en una pequeña aldea perdida en el norte. Entonces pensó que si cogía el coche podría… Pero no lo hizo. No le echó atrás lo imposible de la empresa, esa vez le frenó la ausencia de lo único que le permitía levantarse cada mañana. La esperanza.
Se conocieron veintidós años atrás. Él festejaba junto a sus compañeros el término de los últimos exámenes de Medicina. Desde la Glorieta de Quevedo, camino a Cuatro Caminos, iban parando en cada garito que encontraban abierto para tomarse una copa. Fue en el tercer local donde su corazón dejó de latir por unos segundos para, seguidamente, acelerarse como un Concorde. Minutos después, sus piernas se negaban en rotundo a abandonar el lugar, dando así por finalizada la peregrinación nocturna. Frente a ella, apoyado en la pared y con el vaso de tubo vacío en la mano, permaneció horas contemplándola extasiado, haciendo acopio del arrojo necesario para aproximarse. ¿Te importa si me siento a tu lado?, le dijo al fin. Ella volvió la cabeza para contestarle pero sus ojos, sorprendidos, se cobijaron en los de él acuartelándose e impidiendo que de su boca saliera palabra alguna. No eran necesarias. Nunca un silencio dijo tanto.
Marchó de regreso a Orense con la firme intención de volver para reunirse de nuevo con ella después del verano. No volvió. Le dijeron que se había enamorado de otro. Una mentira que su autor no confesó hasta varios años después. Fue entonces cuando comenzó su zigzagueante búsqueda. Ni una pista. Nada. Solo en noches de zozobra la encontraba entre sombras agitadas para volver a perderla en una lacerante pesadilla que se repetía a lo largo de los años inmisericorde. Su recuerdo, siempre presente y marcado a fuego, tronchaba cualquier intento de acallarla olvidándola en otros ojos. Ojos que agonizaban y siempre huían desengañados abandonándole entre reproches.
El aviso del ingreso por urgencias de una mujer, vecina de Agra, con politraumatismos, le sacó bruscamente de su recogimiento. “Malditos accidentes”, pensó. Cuando la ambulancia llegó al hospital, la vida de la mujer se desprendía de su cuerpo a jirones en una apresurada huida. Apenas fue perceptible. Esos ojos que nunca pudo olvidar, volvieron a posarse en los suyos reconociéndole y revelándole en silencio que ella siempre supo que volverían a encontrarse.
Las lágrimas le escocían y le costaba respirar. Aunque intentaban recomponerle, él permanecía abrazado a ella meciéndola y susurrándola. Se había ido pero su muerte nada cambiaba. No sabía dónde ni cómo, pero le juraba que volverían a encontrarse porque, fuese a donde fuese, jamás dejaría de buscarla.


13 julio 2015

Sobre la pista

Aparece en escena. Decenas de ojos le observan expectantes. Un foco de luz blanca se centra en él. Tropieza provocando un aluvión de carcajadas. Dichoso, se levanta para volver a tropezar con sus enormes zapatones y su colorido traje, consiguiendo, una tarde más, que la ilusión irrumpa en la pista.


07 julio 2015

Apogeo y colapso de una estrella

Desearía que el tiempo se curvara sobre sí mismo para poder volver atrás. Justo antes de conocerle. Ella entonces era dueña plena de su propia existencia. Su espíritu ondulaba en un confortable estado de calma chicha que, debido a un efecto espejo, reflejaba su luz interior haciéndola resplandecer. Todo parecía tener sentido. Se hallaba fuerte y, aunque no sabía bien lo que quería, al menos ya sí sabía lo que no. Esa seguridad y aplomo le proporcionaba irresistibles destellos magnéticos. Disfrutaba de un periodo de autocomplacencia y despreocupación y, eso, le pasó factura.
La noche que la abordó, la de su cuarenta cumpleaños, ella brillaba como pocas veces lo había hecho. Junto a su grupo de amigas, salieron dispuestas a “quemar la noche”. Hasta con una bata de guata hubiera estado bella pero, ataviada con aquella sugestiva minifalda, regalo de sus amigas, estaba realmente radiante.
Él, un hombre inseguro y veleidoso, cada mañana se enfunda en un ropaje de arrogancia y artificio que, a fuerza de acomodarse, se le ajusta como una segunda epidermis. Embarcado en su largo champán, camuflado al vaivén inestable de sus aguas turbias, navega buscando estrellas rutilantes como si un astrolabio imaginario le guiase certero hasta ellas.
Captó su luz. Por un corto espacio de tiempo hizo aumentar su luminosidad hasta que, como a una supernova, la colapsó ocasionando su debilitamiento y total extinción. Alteró su esencia originando un agujero negro que desde entonces solo arrastra hacia sí, desconsuelo y amargura.


11 junio 2015

En un motel de cine

El agua mana del rociador arrastrando la tensión acumulada los últimos días. Súbitamente, la cortina se abre. Una silueta de mujer empuña un cuchillo que hunde repetidamente sobre el cuerpo mojado de la joven. Música y gritos se aúnan en estridente fragor mientras la sangre fluye mansa hacia el sumidero.


07 junio 2015

Predestinado

Un fogonazo verde en el horizonte fue el preludio de la batalla interior que destruyó mi entendimiento, zarandeando una prometedora existencia y derribando lo que muchos auguraban como un salvo y predestinado sino.
Por entonces, en mi Sevilla natal, ya era agasajado por grandes hombres de poder y fortuna que pugnaban por mis servicios. Que mi maestro me aceptara como aprendiz en su afamado taller me facilitó las cosas, no diré otra cosa, pero el gran salto solo fue posible gracias a mi craso e innato talento, cada día más reconocido.
La misiva lacrada del duque llegó recién retorné de la espléndida Florencia. Allí me había impregnado del arte que, como si flotase liviano mecido por el aire, parecía alcanzar cada uno de sus recónditos espacios. Y con el espíritu colmado de inspiración y oficio, acepté el encargo de retratar a su joven hija.
Sentada sobre un suntuoso sillón, me recibió con una mirada tan glaciar como pétrea esmeralda.  La duquesita, como así se la conocía en la Villa, era una venus púber acostumbrada a las reiteradas lisonjas de jovencitos bisoños y vetustos lujuriosos. Conocedora de la fascinación y arrobo que producía en los hombres, seducía a cuantos incautos se acercaban a ella y que, como avezados nautas ante los cantos de sirenas, caían en el más profundo de los éxtasis primero y desesperanzas después. Esa, al menos, era la leyenda que corría de boca en boca y a la que de primeras, un hombre juicioso como yo, no quiso dar credibilidad.
Mientras posaba día tras día distante y regia, con su majestuoso vestido de terciopelo y brocados, el lienzo inmaculado se iba convirtiendo, trazo a trazo y pincelada a pincelada, en un magnífico y, a la vez perturbador, retrato de aquella seductora niña mujer. Casi concluido, no juzgué necesario que posase más y así se lo hice saber. A la mañana siguiente, la duquesita no me esperaba sentada en su sillón. Inmerso en la contemplación de mi obra no la vi acercarse. Me sobresalté al sentir sus ardientes y trémulos senos tentando mi espalda. Una vaporosa camisola dejaba vislumbrar su sublime cuerpo, insolentemente delicioso y joven. El deseo largamente contenido estalló apoderándose de mí, poseyéndola con tal furia que sus gritos gozosos aún hoy me acompañan.
El duque, desconcertado pero, exhortado por su hija, rechazó el retrato expresando su malestar por lo que, me manifestó, no era un buen trabajo. El boca a boca volvió a actuar implacable poniendo fin a mi recién estrenado prestigio como talentoso artista. Hoy, decrépito y menesteroso, contemplo el viejo lienzo y vuelvo a evocar cómo, agazapado en sus estáticos ojos esmeraldas, un fogonazo verde en el horizonte fue el preludio de una batalla perdida.


23 mayo 2015

Abandono anunciado

¡Qué buenos años y cuántos buenos recuerdos! No había cumplido aún los dieciocho cuando ingresó en la Facultad. Estaba muy asustada aunque no más que un nutrido grupo de alumnos que, como ella, habían dejado a sus familias y sus pueblos para ir a la gran ciudad a estudiar.
Sus padres difícilmente habrían podido afrontar tantos gastos. Es verdad que, de haber podido, tampoco entonces veían necesario que su hija estudiara en la universidad. Para ellos, en especial para su madre, ella era una niña tan preciosa que podría aspirar, no ya solo a un buen partido, sino, al mejor. Su gran belleza le garantizaba una vida sin preocupaciones ni penurias dedicada en exclusiva a cuidar de un marido y criar unos hijos.
Fue su abuelo Teodoro el que, desde que ella era muy niña y dio visos de gran inteligencia y curiosidad, fue amasando en secreto una pequeña fortuna para sus estudios universitarios. Como maestro de la escuela del pueblo, quería que su nieta estudiara una carrera y, en cuanto tenía oportunidad, se lo decía: “Mariquilla, hazme caso, no aspires a conquistar el mundo con tu belleza, embellece tu cerebro porque la belleza exterior, al igual que un amante desleal, un buen día te abandonará sin miramientos”.
Y así lo hizo. Se aplicó a conciencia y sacó sus estudios de forma brillante. Durante esos años de preparación hizo muchos amigos pero nunca quiso comprometerse con nadie porque, como le insistía su abuelo: “Cuando llegue quien ha de llegar lo sabrás, Mariquilla, no pierdas el tiempo en andanzas amorosas”.
Habían pasado décadas de esa época y su vida transcurría apacible. Hasta que recibió la invitación para la reunión de antiguos compañeros de promoción. Su primera reacción fue de enorme alegría ante la perspectiva de volver a ver a todos sus viejos amigos. Minutos después, sentada frente al espejo y con el viejo álbum sobre las piernas, acaricia cada una de aquellas fotos que la devuelven al pasado y siente miedo. Sus ojos, su sonrisa y su piel hacía tiempo que habían dejado de brillar. Como vaticinara su abuelo, su belleza la abandonaba como un cruel e infiel amante. El miedo a envejecer sola se precipitó arrollador sobre ella y, decepcionada, se pregunta por qué el abuelo Teodoro, de eso, nunca le dijo nada.