02 febrero 2016

El columpio

Dani está triste. Desde que se cayó, nadie quiere jugar con él en el parque. Todos miran pero nadie se acerca.
Agarrando fuertemente las pequeñas manitas de sus hijos, las madres contemplan, atónitas, cómo el asiento vacío del columpio se balancea en un vaivén incesante.
Dani, triste, vuelve a impulsarse.


31 enero 2016

Virtudes

“Mi dulce Azucena, temo que estas letras que hoy escribo con el corazón maltrecho nunca lleguen a vuestro encuentro. La misiva que en mi nombre os hicieron llegar, y en la que os muestro grande menosprecio y desaire, silenciaba, entre su bruna tinta, el deseo y amor sincero que por vos siente mi espíritu.
Pensar que al posar por vez primera vuestros convulsos labios sobre los míos padecí gran desazón. Hoy, evocar el roce tenue de vuestros dedos despertando mi incólume y virginal carne me excita y hace enardecer con frenesí mis anhelos.
¡Oh, mi dulce Azucena! Cuán desmedido es el desasosiego que me atora y que viaja ligado a mí ahogándome en la desdicha, pues conforme el ferrocarril avanza, mayor es mi tormento.
Culpable me siento y soy. ¿Acaso no fui yo con mi embrujo, como me reprochasteis, la causa de vuestra perdición? Y así y todo se me antoja que, de no habernos importunado madre, vos me hubieseis instruido diestra hasta explorar cobijos tan gozosos como ignotos para mí.
Mi avezada institutriz, que en edad me dobláis, no permitáis que mis principiados quince años os desvelen pues, a pesar de que marcho a cumplir forzadas nupcias como escarmiento y en prevención de males mayores, como así demanda padre, cuando menos lo esperéis me hallaréis de regreso, pues mi palabra os doy de que jamás mis pensamientos se apartarán de vos.”
Exánime, alzo el plumín del papel extraviando tras los fríos cristales la atribulada mirada. Fregeneda. Unas grandes letras azules sobre azulejos blancos en la fachada frontal de la estación me anuncian el final del trayecto.
Con profusa desidia desciendo las escalerillas e, indolente, permanezco en el arcén a la espera de recibimiento. Al retomar el ferrocarril su marcha, una nubosidad me atrapa y oculta hasta evaporarse perezosa. Como emergiendo de un lance onírico, unos sublimes ojos se manifiestan encauzándose candorosos a mi encuentro. ¿Acaso por ventura la vida me ha abandonado y un celestial querubín acude en mi amparo? ¡Cuán prodigiosa perfección, beldad y primor en tan púber damisela!
—Disculpad a mi hermano por no acudir a recibiros, mas han sido tan precipitados los acontecimientos que, aun hallándose lejos de montería, presuroso está en retornar para reunirse con vos. Hasta entonces, a mí han sido encomendados vuestro acomodamiento y contento. Confío que la puerilidad de mis trece años no os cause motivo de contrariedad. Mi nombre es Lorena y vos debéis ser Virtudes.
—Así es, mi querida Lorena, pero no os inquietéis, mas por el contrario, auguro entre nosotras un inmejorable y placentero entendimiento. ¿Os gustan los juegos?
Me dejo guiar asida de su brazo hasta el interior de la estación donde una gran chimenea atenúa el frio adherido en los huesos de los destemplados viajeros. Me arrimo por unos segundos a ella y regreso con exquisitos movimientos atildados adueñándome nuevamente de su brazo. Mientras nos alejamos entre cucamonas, la carta que ya nunca llegará al encuentro de la dulce Azucena, crepita furiosa entre las llamas.


25 enero 2016

Una decisión precipitada

Asomada a la ventana le vio llegar y aparcar cinco pisos más abajo. Habían quedado para hablar. Era una noche inclemente de invierno y la calle estaba desierta. Él esperaba en el interior del coche con los faros encendidos. Ella acudió precipitada a su encuentro atravesando el parabrisas y cubriéndole de cristales. Ya estaba todo dicho. En su rostro silente, una mueca y una mirada indiferentes así lo sentenciaban.


11 diciembre 2015

Luchas

Del gris y ruinoso edificio no cesan de salir combatientes armados hasta los dientes. Intenta esquivarlos. Corre fusil en mano hacia los depósitos buscando protección. Está atrapado. Le disparan y cae. ¡Maldita sea, otra vez no!
¿Se puede saber qué haces, Guille? Deja la consola y ponte a estudiar. ¡Ya!

08 noviembre 2015

El último viaje

Tras el fuerte golpe, consigo abrir los ojos. Tirito. Finas gotas impactan contra mi visera agrupándose y formando regueros fugaces. Intento incorporarme. El reconfortante repiqueteo del agua sobre el casco eclipsa las sirenas hasta hacerlas desvanecer. Adormecido, siento cómo el dolor, el frío y el miedo, dulcemente me van abandonando.


30 octubre 2015

Cambio de rumbo

Remolonea los últimos minutos en la cama. Se despereza para, como le indicaba siempre Paolo, su entrenador personal, desentumecer los músculos. Casi no podía creer lo que su marido Javier le había contado sobre Paolo. ¡Qué poca vergüenza! Si no le llega a echar él, le hubiese echado ella misma. Confiaba en que Javier le encontrara otro entrenador pronto. 
Se calzó las elegantes zapatillas de piel color champán y se cubrió con la exclusiva bata de lana de cachemir a juego. Frente al espejo, posó sus cuidadas manos en las mejillas haciéndolas ascender hasta el final de sus pómulos en un gesto cotidiano con el que corroboraba el óptimo resultado de los asiduos tratamientos en la tersura de su cutis. Acercó su rostro abriendo la boca en una mueca para contemplar su perfecta e inmaculada dentadura.
Bajaba las escaleras para dirigirse a la cocina cuando sonó el timbre de la puerta. Maldita sea, pensó, si estuviese Juanita no tendría que abrir yo deprisa y corriendo. Javier decidió que no quería ver a nadie por casa y la despidió, lo que provocó una fuerte discusión entre ellos que aún perduraba. Traían una carta certificada de la Agencia Tributaria a nombre de Javier que, tras aceptarla y firmar, dejó sobre la mesita de la entrada.
Encendió la televisión de la cocina y enchufó la cafetera. Las once. Hoy martes estaría tomando clases de golf en el club pero, por lo que se ve, las habían anulado por reforma en las instalaciones. ¡Qué desagradable era poner la televisión! Toda esa gente andrajosa deambulando por media Europa. ¿No estarían mejor en sus casas? ¡Qué ganas de fastidiarnos a todos!
Sonó un zumbido y sacó su teléfono del bolsillo de la bata. Javier. Sin saludar y en tono seco, le dijo lo primero que se le pasó por la cabeza. No será importante, pero te ha llegado una carta certificada. Te la he dejado sobre la mesita. Imposible ocultarlo más, Javier le soltó a bocajarro lo que sucedía. Hacienda les embargaba todos sus bienes. Estaban arruinados y en la calle.
Su tez tersa iba perdiendo luminosidad conforme su cerebro empezaba a encajar las piezas. Agarrada a la taza de café, centró su atención en la pantalla de cincuenta pulgadas que colgaba de la pared. Una mujer, cubierta con una manta, calada hasta los huesos y con un bebé en brazos, la miraba fijamente con ojos desesperados, casi sin vida.
¡Dios mío!

04 octubre 2015

Temporal de contención

Le oprimía el pecho y a cada nuevo intento le costaba más respirar. Los lánguidos rayos de sol, que entre las rendijas de la persiana lograban implantarse tozudos, no bastaban para calmar sus cada vez más frecuentes estados de ansiedad. Al menos, y a diferencia de lo que ocurría en los días oscuros y grises, no los agravaba más.
Preferiría no tener que levantarse de la cama, pero sabía que eso no iba a suceder. Cada mañana, sin excepción, abandonaba entre quejas e improperios lo que para él se había convertido en un refugio donde poder descargar todo el tormento y la rabia que sentía sin tener que dar explicaciones a nadie. Solo deseaba que le dejaran en paz.
Taciturno, se dirigía remolón al gimnasio. Era el único momento del día en que sus propios lamentos eran acallados por los numerosos lamentos ajenos. Dicen que el primer día es el peor, pero para él lo estaban siendo todos. Esas pasarelas le llenaban de angustia y se negaba a utilizar a “Lokomat” porque lo consideraba una pérdida de tiempo. Odiaba que le insistieran para todo. Para comer, para reír, para llorar, para andar, para hablar…
Había llegado su turno y le estaban esperando. Les hubiese mandado a la mierda pero después de dos semanas sabía que esa gente no iba a aflojar ni a ceder. Para su desgracia, no eran de los que tiraban la toalla. Y esa, como las demás veces, su cuerpo acabó desplomándose sobre el suelo de caucho azul.
No quería seguir allí ni un segundo más. Ni allí ni en ninguna parte. Huyó descompuesto y sin control por los pasillos hasta que vio de refilón un fogonazo al que escoltó, breves segundos después, un fuerte estruendo. Frenó en seco. Las puertas se abrieron al detectar su presencia y salió al exterior. Olía a tormenta. Le asaltó un sueño que últimamente se le repetía recalcitrante. Heidi, la niña huérfana de los Alpes, viajaba feliz y entre risas sobre una esponjosa e impoluta nube. Irónico, teniendo en cuenta que su realidad era otra bien distinta. Nubarrones, amenazadores y grises, se habían conjurado contra él. Alzó la cabeza al sentir cómo las primeras gotas impactaban sobre su cuerpo. La lluvia comenzó a arreciar pero allí permaneció impasible con los ojos cerrados. El agua se acumuló en sus cuencas desbordándose por las ya mojadas mejillas, consiguiendo arrastrar y enseñar el camino a unas lágrimas férreamente contenidas desde que un día aciago, ocho semanas atrás, un fuerte aguacero provocara el derrape de su moto precipitándole contra el asfalto y postrándole para siempre en una silla de ruedas.
Estaba llorando. Respiró hondo y sintió cómo tras sus párpados nacía una luz intensa. Cuando abrió sus ojos, el sol asomaba entre las nubes triunfante y brillando con fuerza.