Está rígida, frente
a él, con los dedos crispados y la piel cerosa. Su cuerpo se descompone, pero
su espíritu jamás le dejará vivir en paz. Receloso, busca alguna señal entre
los pocos que la velan. Da un respingo cuando, Morgana, la gata de su suegra,
salta sobre él bufando.
18 febrero 2016
06 febrero 2016
El juramento
Abandonamos precipitadamente el
cementerio nada más enterrar a mamá y sin esperar a recibir las condolencias de
los pocos que allí acudieron. Papá me pidió que entrara en el coche y me
pusiese cómodo, partíamos a un largo viaje. Me despojé feliz de la americana
que tanto me picaba y hasta me desprendí de los zapatos. Tras interminables
horas de mutismo y tedio, el coche se detuvo frente a una destartalada casa en
ruinas.
Papá dijo que le esperara dentro del
coche, ya que no tardaría en volver. Le desobedecí. Entré sigiloso en aquel
lugar fantasmal sin ventanas ni techos y con las paredes ennegrecidas de
hollín. Escuché voces susurrantes y gemidos lastimeros. Me quedé inmóvil sobre
la alfombra de papeles viejos y escombros que tapizaban el suelo y, apoyado en
la tiznada pared, intenté descubrir qué significaba todo aquello y qué
estábamos haciendo allí.
Fue entonces cuando, pese a hablar
entre sollozos, la voz de mi padre sonó rotunda. «Ya está hecho, Isabela, mi
amor. Esa maldita mujer nunca más volverá a amenazarme con quemar vivo a
nuestro hijo, como hizo contigo en esta casa, si me apartaba de su lado. He
cumplido el juramento que te hice. Ahora es toda tuya».
Fotografía: © Arthur
Tress
02 febrero 2016
El columpio
Dani está
triste. Desde que se cayó, nadie quiere jugar con él en el parque. Todos miran
pero nadie se acerca.
Agarrando
fuertemente las pequeñas manitas de sus hijos, las madres contemplan, atónitas,
cómo el asiento vacío del columpio se balancea en un vaivén incesante.
Dani, triste,
vuelve a impulsarse.
31 enero 2016
Virtudes
“Mi dulce Azucena, temo que estas
letras que hoy escribo con el corazón maltrecho nunca lleguen a vuestro
encuentro. La misiva que en mi nombre os hicieron llegar, y en la que os
muestro grande menosprecio y desaire, silenciaba, entre su bruna tinta, el
deseo y amor sincero que por vos siente mi espíritu.
Pensar que al posar por vez primera
vuestros convulsos labios sobre los míos padecí gran desazón. Hoy, evocar el
roce tenue de vuestros dedos despertando mi incólume y virginal carne me excita
y hace enardecer con frenesí mis anhelos.
¡Oh, mi dulce Azucena! Cuán
desmedido es el desasosiego que me atora y que viaja ligado a mí ahogándome en
la desdicha, pues conforme el ferrocarril avanza, mayor es mi tormento.
Culpable me siento y soy. ¿Acaso no
fui yo con mi embrujo, como me reprochasteis, la causa de vuestra perdición? Y
así y todo se me antoja que, de no habernos importunado madre, vos me hubieseis
instruido diestra hasta explorar cobijos tan gozosos como ignotos para mí.
Mi avezada institutriz, que en edad
me dobláis, no permitáis que mis principiados quince años os desvelen pues, a
pesar de que marcho a cumplir forzadas nupcias como escarmiento y en prevención
de males mayores, como así demanda padre, cuando menos lo esperéis me hallaréis
de regreso, pues mi palabra os doy de que jamás mis pensamientos se apartarán
de vos.”
Exánime, alzo el plumín del papel
extraviando tras los fríos cristales la atribulada mirada. Fregeneda. Unas
grandes letras azules sobre azulejos blancos en la fachada frontal de la
estación me anuncian el final del trayecto.
Con profusa desidia desciendo las
escalerillas e, indolente, permanezco en el arcén a la espera de recibimiento.
Al retomar el ferrocarril su marcha, una nubosidad me atrapa y oculta hasta
evaporarse perezosa. Como emergiendo de un lance onírico, unos sublimes ojos se
manifiestan encauzándose candorosos a mi encuentro. ¿Acaso por ventura la vida
me ha abandonado y un celestial querubín acude en mi amparo? ¡Cuán prodigiosa
perfección, beldad y primor en tan púber damisela!
—Disculpad a mi hermano por no
acudir a recibiros, mas han sido tan precipitados los acontecimientos que, aun
hallándose lejos de montería, presuroso está en retornar para reunirse con vos.
Hasta entonces, a mí han sido encomendados vuestro acomodamiento y contento.
Confío que la puerilidad de mis trece años no os cause motivo de contrariedad.
Mi nombre es Lorena y vos debéis ser Virtudes.
—Así es, mi querida Lorena, pero no
os inquietéis, mas por el contrario, auguro entre nosotras un inmejorable y
placentero entendimiento. ¿Os gustan los juegos?
Me dejo guiar asida de su brazo
hasta el interior de la estación donde una gran chimenea atenúa el frio
adherido en los huesos de los destemplados viajeros. Me arrimo por unos
segundos a ella y regreso con exquisitos movimientos atildados adueñándome
nuevamente de su brazo. Mientras nos alejamos entre cucamonas, la carta que ya
nunca llegará al encuentro de la dulce Azucena, crepita furiosa entre las
llamas.
25 enero 2016
Una decisión precipitada
Asomada a la ventana le
vio llegar y aparcar cinco pisos más abajo. Habían quedado para hablar. Era una noche inclemente de invierno y la calle estaba desierta. Él
esperaba en el interior del coche con los faros encendidos. Ella acudió precipitada a su encuentro atravesando el parabrisas y cubriéndole de cristales. Ya estaba todo dicho. En su rostro silente, una mueca y una mirada indiferentes así lo sentenciaban.
11 diciembre 2015
Luchas
Del gris y
ruinoso edificio no cesan de salir combatientes armados hasta los dientes.
Intenta esquivarlos. Corre fusil en mano hacia los depósitos buscando
protección. Está atrapado. Le disparan y cae. ¡Maldita sea, otra vez no!
¿Se puede saber
qué haces, Guille? Deja la consola y ponte a estudiar. ¡Ya!
08 noviembre 2015
El último viaje
Tras el fuerte golpe,
consigo abrir los ojos. Tirito. Finas gotas impactan contra mi visera
agrupándose y formando regueros fugaces. Intento incorporarme. El reconfortante
repiqueteo del agua sobre el casco eclipsa las sirenas hasta hacerlas
desvanecer. Adormecido, siento cómo el dolor, el frío y el miedo, dulcemente me van abandonando.
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