«¿Tienes
hambre? ¡Caza!» Un bramido me arranca del aturdimiento. Impregnado de humedad y
un nauseabundo hedor, escudriño la oscura estancia. Unos ojos centelleantes me
observan delatándose. Me lanzo ávido. Atrapo la larga cola y estampo con fuerza
su cuerpo peludo contra el portillo de la celda. «¡Hoy festín!» Vociferan
burlescos.
18 octubre 2016
16 septiembre 2016
Frío encuentro
Tras un tercer
timbrazo sin respuesta, utilizo las llaves para emergencias. El apartamento
está impecable. Extraño. «Estoy en el arcón», se puede leer escrito en el
espejo del dormitorio. Un presentimiento siniestro eriza mi nuca. Gríseos
cabellos enmarcan una oreja congelada. Súbitamente, a mi espalda, un cerrojo se
desliza despacio.
04 septiembre 2016
En la gloria
Las contraventanas están cerradas
y la casa en penumbra. No sé cuánto tiempo habré pasado al cuidado de Reme, la
hija de Pascual, el boticario. Sé que me sentí indispuesta e insistió en
llevarme a su casa. No recuerdo, pero debieron traerme de vuelta anoche, de lo
contrario habrían dejado todo abierto como a mí me gusta tenerlo, con las
ventanas de par en par para que se solee y airee la casa. Tampoco está fuera mi
silla de enea. Me acomodaré en la bancada de piedra.
No sé qué clase de brebaje me
habrá preparado Pascual, pero no siento un solo dolor, desde zagala no me encontraba
tan bien. Me siento en la gloria. Ni siquiera me molesta la maldita artrosis
que lleva torturándome más de cuarenta años.
Se acerca gente. ¡Ay, Señor,
alguna desgracia ha ocurrido! Reme, Pascual, y prácticamente el pueblo entero,
pasan cabizbajos por delante sin prestarme atención. Quiero preguntarles quién
ocupa el féretro pero, viendo sus caras desencajadas, me contengo. En silencio me
uno al cortejo y emprendo junto a ellos el camino hasta el cementerio.
—¡Qué triste verlo todo tan
cerrado!
—Hicimos todo lo que estuvo en
nuestras manos —se lamenta Reme entre sollozos.
02 septiembre 2016
Escorpión
Aborrece la luz.
Acecha bajo la arena donde la oscuridad reinante y el frío inmutable le ofrecen
refugio. Aguarda impasible evitando el contacto directo. Sus presas, con
frecuencia heridas, deambulan desorientadas por los desiertos farragosos que él
domina. Cazador solitario, urde concienzudo su emboscada hasta clavar, perverso,
su aguijón mortífero.
09 julio 2016
Fin de jornada
Las seis. Puntual, llega el primer autobús de la mañana. Pica
el billete y regala al conductor su última sonrisa. Se desploma sobre el
asiento. Siente que la observan y abotona su blusa. Ya en casa, bajo el cobijo
de las sábanas, sueña que es una mujer como las demás.
26 junio 2016
Descabellada Victoria
—¡Corre! —Soltó sin preámbulos,
casi sin aliento.
Me agarró del brazo y tiró de mí
arrastrándome escaleras abajo hasta detenerse en seco bajo el estrecho
ventanuco que daba al huerto.
—¿Lo ves, Eli? Otra vez está ahí,
te digo que ese monstruo esconde algo —dijo apretando con fuerza mi escuálido
brazo.
Odiaba que Vicki me vapulease a
su antojo. Era cuatro años mayor que yo y desde que llegué al orfanato quiso
adoptarme como su hermana pequeña. Y aunque me cuidaba y protegía, también
hacía conmigo lo que le venía en gana. Las hermanas decían que si todavía
seguía dentro era por su conducta reprobable, que las cosas serían muy
distintas si se amansara y, sobre todo, si dejara de inventarse historias
descabelladas.
El monstruo era el guarda del
orfanato. Un hombre tosco y contrahecho al que Vicki hacía tiempo acristianó
como Quasi. Insistía una y otra vez
que las más pequeñas no eran adoptadas, que tanto él como sor Lorenza, la
directora, aprovechaban el amparo de la noche para llevárselas, asesinarlas, y
sepultar sus cuerpos tras el cobertizo del huerto.
—Claro, por eso la coliflor está
tan asquerosa, porque la abonan con los cuerpos de las niñas que matan—dije
socarronamente liberándome de su sujeción con un brusco movimiento.
Las hermanas me explicaron que
Vicki se inventaba esas historias porque quería llamar la atención. Veía con
frustración cómo las demás niñas eran adoptadas y ella no. Pero la realidad era
que nunca veíamos partir a las que se marchaban. «Es mejor así, las despedidas
crean traumas», afirmaban.
Llegó a escaparse muchas veces,
aunque las hermanas o el guarda pronto daban con ella. Salvo en la última
ocasión, que la trajo de vuelta la policía porque consiguió cruzar el bosque y
llegar hasta la carretera. Ese era el verdadero objetivo de sus fugas, me aclaró,
poder contar a la policía lo que pasaba en el orfanato, y pese a que no la
escucharon con demasiado interés, sí husmearon un rato por la casona e hicieron
algunas preguntas.
—Te puedes reír si quieres, pero
escuché a uno de los policías cuchichear al otro algo sobre una red de tráfico
de órganos de niños.
—Ya, y dime, ¿por qué a nosotras
no nos matan y se quedan con nuestras tripas? —pregunté.
—Porque cuando yo llegué era
demasiado mayor y no les servía. Y porque sabían que si tú desaparecías, yo no
iba a dejar de hacer preguntas.
—¡Vete a la porra! —dije dándole
la espalda para subir de nuevo la escalera.
A la mañana siguiente nos
levantamos con la noticia de que Vicki se había vuelto a escapar. Algo extraño
estaba sucediendo porque ella jamás se iría sin decírmelo antes. Pasaban las
horas y el mutismo sobre su paradero me estaba asfixiando. Sabía que era
absurdo y que me estaba dejando llevar por sus tonterías, pero a la hora de la
siesta me levanté sin hacer ruido y me dirigí directamente hacia las escaleras.
De puntillas, asomada al
ventanuco, observé cómo Quasi merodeaba sudoroso junto al cobertizo portando
una vieja pala en una de sus manos. Mi corazón se desbocó impulsando sangre tan
violentamente que sentí cómo las contracciones golpeaban mis oídos.
—¡A su habitación,
inmediatamente! —La voz de sor Lorenza era neutra pero tajante, y su mirada glacial
atravesándome, demoledora.
Esa noche era la primera vez que Vicki
no dormía a mi lado y me sentía vulnerable. Dormitaba unos minutos y me despertaba
sobresaltada buscando anhelante el bulto de su cuerpo en una cama que siempre
se mostraba vacía.
Sumida en un estado de
duermevela, al límite de abandonar y dejar en suspensión todos mis sentidos,
distingo con espanto dos sombras moverse en la penumbra. Una se detiene y
permanece inmóvil bajo el umbral de la puerta, la otra se desplaza con premura directa
hacia mi cama. La silueta, cada vez más próxima, se va perfilando en mi retina
hasta esbozar una figura colosal y contrahecha que me aborda presionando sobre
mi nariz y boca un pañuelo húmedo y hediondo.
«¡Dios mío, Quasi! Vicki tenía…»17 junio 2016
Principessa
El alba irrumpe por el este.
Gestado en las entrañas sombrías de la noche, el desasosiego se difumina
enredado entre siluetas perfiladas que lo engullen. Animoso, empuja el disco a
medio insertar en el CD. Turandot, de
Puccini, le apasiona. Baja la ventanilla del coche y una ráfaga de aire cálido
revuelve aún más su enmarañado cabello. Todo va sobre ruedas y se siente
eufórico. Por fin, tras muchas vacilaciones e inseguridades, había hecho acopio
del arrojo necesario para encarar sus sentimientos. Ahora ella era toda suya y
viajaba junto a él.
Escucha ruidos y sonríe complacido. Su princesa ha
despertado. Se enciende otro cigarrillo. El olor dulzón a cloroformo perdura en
su mano. Los golpes y gemidos procedentes del maletero arrecian. Algo
contrariado, pero sin mudar el gesto, sube al máximo el volumen de la música.
… ¡All'alba viiiincerò!
¡Vinceròooo! ¡Vinceeeerò!
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