22 marzo 2016

El tiempo es oro

Llevan horas revolviéndolo todo y el dinero y las joyas de tía Angustias no aparecen. Colchones, armarios, cajones. Tras registrarlos, hacen lotes para repartirlos entre los sobrinos. El carillón del viejo reloj de pie vuelve a tocar los cuartos. Todos odiaron siempre ese armatoste. Hoy mismo lo arrojarían al vertedero.

18 febrero 2016

Certidumbres

Está rígida, frente a él, con los dedos crispados y la piel cerosa. Su cuerpo se descompone, pero su espíritu jamás le dejará vivir en paz. Receloso, busca alguna señal entre los pocos que la velan. Da un respingo cuando, Morgana, la gata de su suegra, salta sobre él bufando.


06 febrero 2016

El juramento

Abandonamos precipitadamente el cementerio nada más enterrar a mamá y sin esperar a recibir las condolencias de los pocos que allí acudieron. Papá me pidió que entrara en el coche y me pusiese cómodo, partíamos a un largo viaje. Me despojé feliz de la americana que tanto me picaba y hasta me desprendí de los zapatos. Tras interminables horas de mutismo y tedio, el coche se detuvo frente a una destartalada casa en ruinas.
Papá dijo que le esperara dentro del coche, ya que no tardaría en volver. Le desobedecí. Entré sigiloso en aquel lugar fantasmal sin ventanas ni techos y con las paredes ennegrecidas de hollín. Escuché voces susurrantes y gemidos lastimeros. Me quedé inmóvil sobre la alfombra de papeles viejos y escombros que tapizaban el suelo y, apoyado en la tiznada pared, intenté descubrir qué significaba todo aquello y qué estábamos haciendo allí.
Fue entonces cuando, pese a hablar entre sollozos, la voz de mi padre sonó rotunda. «Ya está hecho, Isabela, mi amor. Esa maldita mujer nunca más volverá a amenazarme con quemar vivo a nuestro hijo, como hizo contigo en esta casa, si me apartaba de su lado. He cumplido el juramento que te hice. Ahora es toda tuya».

Fotografía: © Arthur Tress

02 febrero 2016

El columpio

Dani está triste. Desde que se cayó, nadie quiere jugar con él en el parque. Todos miran pero nadie se acerca.
Agarrando fuertemente las pequeñas manitas de sus hijos, las madres contemplan, atónitas, cómo el asiento vacío del columpio se balancea en un vaivén incesante.
Dani, triste, vuelve a impulsarse.


31 enero 2016

Virtudes

“Mi dulce Azucena, temo que estas letras que hoy escribo con el corazón maltrecho nunca lleguen a vuestro encuentro. La misiva que en mi nombre os hicieron llegar, y en la que os muestro grande menosprecio y desaire, silenciaba, entre su bruna tinta, el deseo y amor sincero que por vos siente mi espíritu.
Pensar que al posar por vez primera vuestros convulsos labios sobre los míos padecí gran desazón. Hoy, evocar el roce tenue de vuestros dedos despertando mi incólume y virginal carne me excita y hace enardecer con frenesí mis anhelos.
¡Oh, mi dulce Azucena! Cuán desmedido es el desasosiego que me atora y que viaja ligado a mí ahogándome en la desdicha, pues conforme el ferrocarril avanza, mayor es mi tormento.
Culpable me siento y soy. ¿Acaso no fui yo con mi embrujo, como me reprochasteis, la causa de vuestra perdición? Y así y todo se me antoja que, de no habernos importunado madre, vos me hubieseis instruido diestra hasta explorar cobijos tan gozosos como ignotos para mí.
Mi avezada institutriz, que en edad me dobláis, no permitáis que mis principiados quince años os desvelen pues, a pesar de que marcho a cumplir forzadas nupcias como escarmiento y en prevención de males mayores, como así demanda padre, cuando menos lo esperéis me hallaréis de regreso, pues mi palabra os doy de que jamás mis pensamientos se apartarán de vos.”
Exánime, alzo el plumín del papel extraviando tras los fríos cristales la atribulada mirada. Fregeneda. Unas grandes letras azules sobre azulejos blancos en la fachada frontal de la estación me anuncian el final del trayecto.
Con profusa desidia desciendo las escalerillas e, indolente, permanezco en el arcén a la espera de recibimiento. Al retomar el ferrocarril su marcha, una nubosidad me atrapa y oculta hasta evaporarse perezosa. Como emergiendo de un lance onírico, unos sublimes ojos se manifiestan encauzándose candorosos a mi encuentro. ¿Acaso por ventura la vida me ha abandonado y un celestial querubín acude en mi amparo? ¡Cuán prodigiosa perfección, beldad y primor en tan púber damisela!
—Disculpad a mi hermano por no acudir a recibiros, mas han sido tan precipitados los acontecimientos que, aun hallándose lejos de montería, presuroso está en retornar para reunirse con vos. Hasta entonces, a mí han sido encomendados vuestro acomodamiento y contento. Confío que la puerilidad de mis trece años no os cause motivo de contrariedad. Mi nombre es Lorena y vos debéis ser Virtudes.
—Así es, mi querida Lorena, pero no os inquietéis, mas por el contrario, auguro entre nosotras un inmejorable y placentero entendimiento. ¿Os gustan los juegos?
Me dejo guiar asida de su brazo hasta el interior de la estación donde una gran chimenea atenúa el frio adherido en los huesos de los destemplados viajeros. Me arrimo por unos segundos a ella y regreso con exquisitos movimientos atildados adueñándome nuevamente de su brazo. Mientras nos alejamos entre cucamonas, la carta que ya nunca llegará al encuentro de la dulce Azucena, crepita furiosa entre las llamas.


25 enero 2016

Una decisión precipitada

Asomada a la ventana le vio llegar y aparcar cinco pisos más abajo. Habían quedado para hablar. Era una noche inclemente de invierno y la calle estaba desierta. Él esperaba en el interior del coche con los faros encendidos. Ella acudió precipitada a su encuentro atravesando el parabrisas y cubriéndole de cristales. Ya estaba todo dicho. En su rostro silente, una mueca y una mirada indiferentes así lo sentenciaban.


11 diciembre 2015

Luchas

Del gris y ruinoso edificio no cesan de salir combatientes armados hasta los dientes. Intenta esquivarlos. Corre fusil en mano hacia los depósitos buscando protección. Está atrapado. Le disparan y cae. ¡Maldita sea, otra vez no!
¿Se puede saber qué haces, Guille? Deja la consola y ponte a estudiar. ¡Ya!