Golpean la puerta. En el interior la
atmósfera es limpia y soleada, se respira armonía, serenidad. Aporrean de
nuevo. Aunque deseo gozar de la quietud del momento, abro la puerta. Entra como
una exhalación, apenas sí le veo la cara. Atropelladamente salen de su boca
palabras inconexas que no consigo entender. Con voz queda pregunta si quiero
compartir mi casa. No, mi refugio no, pienso. Antes de darme cuenta irrumpe por
todas partes, abriendo y cerrando puertas, cajones… La confusión me sacude. Llega
decidido a la cocina. Intuyendo su hambre le ofrezco algo de comer que no
rechaza. Devora. Ahora que por fin veo su cara le contesto que sí, después de
todo podría no ser tan mala idea. Se levanta resuelto y cuando ya está en el
umbral de la puerta me dice que se va, que solo había entrado para gozar de una
buena comida. Se aleja haciéndose cada vez más pequeño. Cierro los ojos y en mi
mente se forma con luz de neón una palabra. Bumerán.
05 abril 2015
28 marzo 2015
Una heroica derrota
Pese a dedicar años a la preparación
de semejante empresa, las extremas condiciones a las que nos hemos tenido que
enfrentar nos han obligado a aflojar la marcha, retrasándonos notablemente.
Ochenta días, setenta y nueve para ser exactos, ha sido el tiempo que nos ha
llevado llegar a nuestro destino.
El ánimo con el que nos dispusimos a
afrontar las últimas ocho millas se convirtió pronto en decepción. Una tienda
oscura y pequeña plantada sobre el hielo y coronada con una bandera que, antes
de distinguir sus colores ya sabíamos a qué nación representaba, nos evidencia
que no hemos sido los primeros.
“Todo el
trabajo, todas las privaciones, toda la angustia, ¿para qué? Nada más que por
un sueño que ahora se ha derrumbado. Una simple ojeada nos revela todo. Los
noruegos nos han adelantado…”
Una carta hallada en el interior de
la tienda deja constancia al mundo del fracaso de la expedición Terra Nova, aun
así, antes de emprender el retorno, mis hombres y yo plantamos también nuestra
bandera e inmortalizamos con fotografías aquella gesta. Si no los primeros, sí éramos
los segundos en llegar al Polo Sur.
De regreso, varias tempestades con
temperaturas que rebasan los cuarenta grados bajo cero nos obligan a avanzar
con lentitud. Todos tenemos nuestras fuerzas mermadas por el frío y la
desnutrición, pero Evans es el que presenta mayor deterioro. Arrastra una
herida en una mano que no termina de curar y el frío le afecta más que a
ninguno. Diez días después de iniciar el descenso del glaciar Beardmore, Edgar
Evans fallece exhausto.
Aunque localizamos los depósitos
donde anteriormente dejamos provisiones para el viaje de regreso, estas son tan
escasas que la desnutrición se convierte, junto al frío, en nuestro mayor
desafío. Oates comienza a dolerse de un pie debido a una vieja herida. Poco
después, el día de su treinta y dos cumpleaños, con gangrena y casi paralizado
por congelación, nos anuncia que: “voy a
salir y posiblemente me quede algún tiempo”, abandonando la tienda en plena
ventisca y perdiéndose en la noche para siempre.
Su valiente y generoso sacrificio no ha
impedido que, tres días después, Bowers, Wilson y yo, quedemos bloqueados ante
una gran nevasca que nos impide el avance. Sin alimentos ni combustible, la
aventura llega a su fin.
“Todos los días estamos dispuestos a partir hacia nuestro depósito a 11
millas, pero a la entrada de la tienda persiste un remolino de nieve. No pienso
que podamos esperar nada mejor ahora. Perseveraremos hasta el final, pero nos
estamos debilitando, por supuesto, y el final no puede estar lejos. Es una
lástima, pero creo que no puedo escribir más. R. Scot. Por Dios cuida de
nuestra gente.”
18 marzo 2015
Retirada
¡Corred,
corred! Fueron las últimas palabras que escucharon mis oídos bajo un estruendo ensordecedor.
Retroceder y refugiarse en la trinchera era nuestra única alternativa. Tan
cerca estuve de lograrlo que, cuando la bala taladró mi cerebro, la zanja acogió
mi cuerpo inerte. La oscuridad y el silencio se hicieron uno.
08 marzo 2015
Destinos
El último mes se me había hecho
eterno. Las horas y los días habían transcurrido despacio, como a cámara lenta y,
cuando esas horas las pasaba junto a él, el tiempo parecía detenerse. Ese era
sin duda un día importante. Ante la perspectiva de aquel acontecimiento él
bromeaba diciendo que me lo tomase como un debut, como un nuevo comienzo. Sería
como inaugurar una nueva vida para los tres. En un rato conocería a su hija y
mi estómago era un manojo de nervios.
Me gustaba ocupar el asiento de
atrás del autobús, junto a la ventanilla, y dejarme llevar sin más. Pasear la
mirada perdida por el mundo exterior que mostraba ese gran escaparate de
cristal relajaba mis nervios y hacía que mis pensamientos fluyeran
despreocupados.
Lo mismo me sucedió la tarde
anterior. Estaba tan abstraída que no podría explicar cómo, en el asiento de
delante, apareció por las buenas una niña de unos tres o cuatro años que me
observaba con los ojos muy abiertos. Dicen que si una persona te mira fijamente
durante mucho tiempo acabas sintiendo su mirada. Algo de eso debió ocurrir
porque logró sacarme de un profundo ensimismamiento. Intenté volver a ese
agradable estado de introspección pero no lo conseguí. Volvía de nuevo a
observarme y, aunque al principio lo hacía tímidamente y de soslayo, aquella
niña de mirada dulce no dejaba de volver insistentemente una y otra vez su
cabecita. Le guiñé un ojo y le sonreí, eso hizo que perdiera la vergüenza y,
decidida, se puso de rodillas en su asiento frente a mí, agarrándose con sus
pequeñas manitas al respaldo que le tapaba media cara.
Con ella iba una mujer que parecía
de origen hindú y que, supuse, sería su cuidadora. Apremiaba a la niña a que se
diera la vuelta y no molestara más. Inés, que así se llamaba la cría, enseguida
obedeció. Inés. Es curioso, pensé.
Había vuelto a perderme en volátiles
pensamientos cuando me percaté de que la niña se había bajado del autobús y
estaba en la calle de la mano de su cuidadora. Miré hacia atrás rápidamente
para verla por última vez y vi cómo levantaba y movía su manita despidiéndose con
una serena y maravillosa sonrisa en su rostro.
La misma sonrisa que ahora se
marcaba en mis labios al recordarla. La próxima parada era la mía. Cuando bajé del
autobús miré a un lado y a otro hasta que los vi. Me quedé petrificada. La niña
al verme se soltó de la mano de su padre, salió corriendo y se abrazó
fuertemente a mí. El estómago antes intranquilo se relajó y en los ojos se amontonaron
las lágrimas. Lágrimas de agradecimiento a ese bello ser.
04 marzo 2015
Como perro de Pavlov
Es un
sonido molesto que, escuchado por segunda vez, se convierte en irritante. Sin
embargo, para ella, representa lo que la campana de Pavlov para su perro. Se
había convertido en un cotidiano estímulo sensorial. Si el can salivaba ante la
perspectiva de un plato de comida, a ella se le despertaban todos los sentidos.
Cuando el
telefonillo suena, ella sale disparada con una expresión de felicidad impresa
en el rostro. Nueve de cada diez veces es él quien llama.
Un largo
abrazo hasta armonizar la temperatura corporal entre ambos, una vez envueltos
entre las sábanas, se ha convertido en todo un ritual. A partir de ahí, el
estímulo deja paso a la respuesta.
Él comienza
besando con suavidad sus párpados para bajar hasta sus labios que ya aguardan ansiosos
los suyos. Los acerca despacio y apenas sí los roza para alejarlos de nuevo.
Sabe que eso la excita y lo repite hasta que, encendidos, se funden en unos
besos húmedos y apasionados. Sin apenas respiración, desliza su boca descendiendo
por el cuello hasta llegar a su pecho. Besa, lame, succiona y muerde sus
pezones hasta que se endurecen mientras que, con su mano, acaricia la parte
interior de sus muslos provocando ligeros movimientos que le invitan a posarse
y acariciar su sexo, pero solo lo roza. Eso la vuelve loca. Mientras cubre y
oprime sus pechos, besa su piel hasta descender al ombligo. Desde allí, es su
lengua la que se desliza imparable. Un escalofrío se expande por su piel al
sentir cómo la saliva, antes caliente, comienza a secarse dejando fríos regueros.
Y ya, definitivamente instalado entre sus muslos, se inicia un enfervorecido
baile. Lengua, boca y cabeza acompasadas al son de las convulsiones producidas
por el primero de los muchos orgasmos que le proporcionará su fiel amante.
15 febrero 2015
El deshielo
Hacía frío. La
nevada caída la noche anterior dejó su huella en las estrechas calles
haciéndolas casi impracticables. La tristeza seguía mordiéndole las entrañas
pero, un día más, una llama liviana se obstinaba en quedar prendida en su ánimo
álgido.
Se había
sentido durante demasiado tiempo derrotado y ahora no era capaz de identificar
lo que removía su anestesiado espíritu. Desde que ella se fuera hacía ya seis
años, un monstruo cavernoso se desplomó llevándose por delante cualquier
vestigio de emoción o sentimiento. Demasiadas noches vagando entre la penumbra
por las angostas calles del centro de la ciudad persiguiendo nada y a nadie.
Aislado de todo y de todos. Seducido por su desidia y abandono. Maldiciendo y
compadeciéndose.
Días atrás, don
Jesús le encargó que recogiera un abrigo nuevo que había mandado confeccionar en
una prestigiosa sastrería. Los Lirios era el barrio más distinguido de la
ciudad y llevaba años sin pasear por sus nobles calles. Claro que, nunca se le
había perdido nada por allí. Pero él siempre hacía lo que le encargaba don
Jesús.
La sastrería
era algo más que un negocio selecto en un señorial edificio de finales del siglo
XIX. Allí se daban cita los caballeros más respetables y pudientes de la alta sociedad.
Le hicieron esperar unos minutos en una exquisita sala hasta que aparecieron
con el flamante abrigo envuelto en una estilosa funda que lo protegía. Se lo
entregó una mujer. No sabría decir si era alta o baja, morena o rubia, gorda o
delgada. Sí recuerda que le sonrió. Recuerda su sonrisa.
Había vuelto al
barrio de Los Lirios llevado por un impulso silente. Supo, en cuanto la vio,
que ella era quien había prendido esa tenue luz que hacía días caldeaba su
gélido espíritu. Le miró y sonrió. Ya no sentía frío.
07 febrero 2015
Tras el espejo
Despierto de golpe y
sobresaltada. Sudorosa y confundida obligo a mi cerebro a situarme en el
espacio y en el tiempo. Cada vez viaja más al límite pero siempre consigue
volver. Me desperezo y me levanto de un salto. Después de calzarme y lavarme la
cara, me miro en el espejo y sonrió; lo hago por costumbre, reconocerme me
produce cierta seguridad. Sin embargo,
un rostro al otro lado fija su severa mirada sobre mí, un rostro que, aunque me
resulta extrañamente familiar, no logro identificar.
—¿Quién eres y en quién me has
convertido? —dice sin mover los labios. Sin tiempo para reaccionar y salir
corriendo, veo que se materializa en sus brazos un bebé regordete de no más de
doce o quince meses que me sonríe confiado.
—Dime, ¿te recuerdas? Has de
saber que es a ti completa a quien esperan tras el espejo, no lo olvides. A ti,
que estás al otro lado, a la pequeña que nunca debiste olvidar, y a la extraña
que te habla y que no eres más que lo que tú quieras que sea.
Un profundo y evocador olor a
Nivea lo inunda todo. Mis labios temblorosos pronuncian una palabra que exhala
sin freno desde lo más profundo de mi ser. —Perdón. Perdón —repito. Una lágrima
de nostalgia e insatisfacción, de las que escuecen, se escapa irremediablemente
deslizándose sobre mi mejilla hasta estrellarse contra el suelo.
A los lejos suena una música que,
aunque sutil al principio, comienza a hacerse cada vez más molesta. De nuevo
perdido en el espacio y en el tiempo, mi cerebro atormentado me urge a que
apague la alarma del despertador de una maldita vez. Ya en silencio, me levanto
de un salto, me calzo y, tras lavarme la cara, me miro en el espejo; lo hago
por costumbre, reconocerme me produce cierta seguridad. Quiero sonreír y no
puedo. Un fuerte olor a Nivea lo inunda todo.
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