17 noviembre 2014

Varios albariños, un pianista y un ascensor

—¿Nunca te hemos hablado de nuestro vecino el pianista? —me pregunta Fernando con los ojos muy abiertos. —Imperdonable —dice mientras llena mi vaso de albariño.
—Estudió químicas, pero decidió consagrar su vida a la música —me explica—. Lo reseñable de nuestro vecino no es lo virtuoso que es al piano, sino los recitales de orquesta y coros con los que nos ameniza cuando tiene compañía. Los gritos de sus amantes y el estruendo de los muebles al golpear con suelo y paredes son memorables.
Me cuenta que, de un tiempo a esta parte, ya no se oyen gritos ni golpes, que el pianista del tercero centro debe estar en horas bajas.
—Hace unos días vinieron unas amigas a casa —comenta ahora Mar llenando nuevamente mi vaso—. Nadine, parisina ella, llegó despotricando del ascensor. —¡Esto es hogogoso, este ascensoj es un hogoj! —repetía exasperada. —Al día siguiente, el pianista me preguntó si las chicas que subieron con él eran amigas mías. —¿Te refieres a Carol, una chica que es de Murcia? —le solté sin pensar y sin sospechar que su interés se centraba más en la bella y airada gala. — No, creo que de Murcia no eran —me contestó visiblemente desalentado.
Entre un ataque de risa incontrolable ante la candidez de mi amiga y, una nueva ronda del delicioso caldo, les recrimino, medio en broma, medio en serio, haberme mantenido oculto a su portentoso vecino ¡Con lo que me gusta gritar! A partir de ahora, convenimos, cada vez que fuera a visitarles utilizaría el ascensor.
Horas después, pasadas ya las brumas del alcohol gallego, decidí seguir subiendo y bajando por las escaleras. No por evitar el encuentro fortuito con un hipotético amante en horas bajas, sino porque el ascensor de la casa de mis amigos es un auténtico hogoj.


10 noviembre 2014

Entre brumas

—¡Buenos días! ¿Ya estás levantado? Vamos a ver, ¿cuántas veces te he dicho que en cuanto salgas de la cama te pongas la bata? No faltaba más que te cojas una pulmonía. Mira, ¿ves?, aquí la tienes bien cerquita, encima de la butaca. ¿Te la pondrás?
—Sí.
—Muy bien. Otra cosa. Cuando necesites ir al baño por la noche, no hace falta que me llames. Sabes que todas las noches te dejo enchufado el pilotito de la luz para que puedas ver. Si quieres hacer pis, te levantas, te pones la bata y te vas solito al baño, ¿lo harás?
—Sí.
—¿Se te pasó el dolor de estómago?
—Sí.
—¿Y no será que como había coliflor para cenar te buscaste una excusa para no tener que comerla? Me da a mí que tú tienes más cuento que Calleja. Ale, pues ya estás lavado y peinado. Ahora a vestirse. Si te pones la camisa y los pantalones yo te los abrocho, ¿quieres? Los calcetines y los zapatos te los pones tú que sabes hacerlo muy bien. ¿Ves qué bien? Ya solo queda la bufanda y el abrigo. Así, bien cerradito para que no se cuele el fresco. Sé que no te gusta ponerte los guantes pero como hoy hace mucho frío te los meto en los bolsillos del abrigo por si te hacen falta. ¿Te acordarás que están ahí si tienes frío?
—Sí.
—Fantástico. ¿Has oído el timbre? ¡Vamos, corre, que ya está aquí el autobús!
—Buenos días, señora. ¡Buenos días, Rafael! ¿Preparado?
—Sí.
—Buenos días, como siempre ustedes tan puntuales. Bueno, pues ya hasta la tarde. Pásalo bien en el centro. Adiós, papá, te quiero.

04 noviembre 2014

El diablo sobre ruedas

Estábamos ilusionados y excitados. Poder pasar la primera noche los dos juntos y solos se iba a convertir en la mayor aventura de nuestras vidas. Ya habíamos hecho ese viaje a la sierra en más ocasiones pero, antes de las once de la noche, ya estábamos de vuelta en casa.
Esta vez no valdrían mentirijillas como que pasaría la tarde estudiando o que asistiría a la triple sesión del Covacha para ver, por enésima vez, el Muro de Pink Floyd. Pablo no tenía problemas pero, yo, a mis quince años y siendo chica, debía planear mis mentiras con mucho cuidado e imaginación.
El autobús nos dejó en la plaza del pueblo. Procurando que no nos vieran y sin hacer ruido, entramos en el pequeño chalet adosado de los padres de Pablo utilizando la copia de las llaves que habíamos hecho hace meses en secreto. Una vez dentro, no tardamos en dar rienda suelta a nuestro incombustible deseo. Los besos, las caricias y las risas eran todo uno. Acariciar y explorar nuestros cuerpos nos elevaba al cielo.
Cuando anocheció, nos hicimos unos sándwiches, nos sentamos en el sofá y encendimos la televisión. Desde la pequeña pantalla, completamente en negro, se escuchaban unos pasos y el arranque de un motor. Segundos después, aparecía la puerta exterior de un garaje como si la imagen la estuviese tomando el coche que salía de él.
Ya era muy tarde cuando El diablo sobre ruedas terminó. La película nos dejó impactados. La oscuridad y el silencio en el que estábamos inmersos tampoco ayudaron en nada. Lo que prometía ser una noche mágica, en la que ambos perderíamos nuestra virginidad, se convirtió en un hondo deseo de estar a salvo en nuestras casas de la ciudad. Abrazados, sin apenas movernos ni respirar, pasamos la noche en vela. Solo con las primeras luces del nuevo día conseguimos quedarnos dormidos. Cuando despertamos, todos los fantasmas imaginarios que nos arruinaron la noche desaparecieron, volviendo a nuestros juegos y risas.
A las siete de la tarde salía el último autobús de vuelta pero decidimos regresar en el de las seis. Ya nos quedamos en tierra en una ocasión al no quedar plazas libres. Comprobamos que todo estaba como nos lo habíamos encontrado y, dejando el adosado atrás, nos dirigimos hacia la parada del bus.
Llevábamos un rato esperando cuando un coche rojo se paró junto a nosotros. Un hombre de mediana edad bajó la ventanilla y nos ofreció llevarnos hasta la ciudad. Aceptamos encantados. Nos ahorrábamos los billetes del autobús.
No habíamos recorrido ni cinco kilómetros cuando, al tomar una curva cerrada, casi nos salimos de la carretera. El chirrido de las ruedas nos encogió el corazón. Nuestras miradas se buscaron llenas de terror e, instintivamente, nos cogimos de las manos apretándolas con tanta fuerza que sentimos dolor. El conductor no paraba de reír. Busqué su rostro a través del reflejo del espejo retrovisor. No era el mismo que se asomó a la ventanilla invitándonos a subir.  Ese nuevo rostro era terrorífico. Diabólico. No tuve tiempo de chillar. De frente, a escasos metros, se materializó un coche que se dirigía hacia nosotros a toda velocidad. Casi pude experimentar el mortal impacto. Milagrosamente, nuestro piloto consiguió esquivarlo girando bruscamente a la derecha. Intentó que las ruedas permanecieran dentro de la calzada evitando que cayeran a un pequeño desnivel pero no lo consiguió, lo que provocó que saliéramos despedidos dando aparatosas vueltas de campana.
En el primer giro, Pablo y el conductor salieron expulsados por las ventanillas. Yo me quedé en el interior vapuleada por las incesantes vueltas del vehículo hasta que paró al fin, quedando con las ruedas boca arriba. Salí aturdida pero sin un rasguño. Había mucho polvo y gente gritando por todas partes. No fui consciente de lo que ocurría hasta que vi cómo trasladaban a Pablo en una camilla hasta una ambulancia. Mis ojos se centraron horrorizados en el conductor. Había salido disparado a tal velocidad hacia un camino que el rozamiento con la tierra le desfiguró por completo el rostro. Al verle, no pude reprimir una náusea.
Cuando en el hospital comprobaron que no presentaba ninguna lesión, me dieron la noticia. Los demás ocupantes del coche habían fallecido. Me dijeron que llamara a mis padres para que vinieran a recogerme mientras preparaban la ropa y pertenencias de mi novio para que me las llevase. Con la mente llena de sombras llamé a casa desde una cabina. Nadie contestó. El mismo resultado obtuve al llamar a casa de Pablo. 
Rozando la medianoche, con una bolsa de plástico en una mano y, los zapatos empapados en la sangre de Pablo en la otra, salí del hospital en busca de un taxi. Me subí con la mirada perdida y susurré la dirección. El coche emprendió la marcha. Cuanto más me acercaba hacia mi hogar, más sensación de seguridad sentía. A una manzana de casa el taxista paró. Volviéndose hacia mí y, con voz estridente, dijo: “Ahora sí. Ahora ya eres mía”. Echándose a reír. Esa mueca terrorífica era la misma que vi reflejada antes del accidente. Había escapado de sus garras y regresaba para reclamarme.

Un grito no audible salió de mi garganta en el mismo instante en que mis padres, extrañados de no encontrarme ya en casa, llamaban por teléfono a Pablo. Sentí que ardía por dentro y, mis oídos, por fin, dejaron de oír su risa.

28 octubre 2014

La condena que envuelve a un instante

Bajó del autobús y anduvo un trecho hasta tomar el desvío hacia la majada. Desde allí se podía vislumbrar, a lo lejos, buena parte del pueblo. Descender por la vereda del Torcido no era la mejor opción pero sí la más corta. Era una senda interminable y tortuosa destinada al ganado. Servía, además, para medir la resistencia y hombría de los zagales del pueblo. Junto a su hermano Tomás, había recorrido ese mismo camino en incontables ocasiones pero, esta vez, todo era distinto. Los años le pasaban factura y, lo que en su niñez significó juego y diversión, hoy se traducía en dolorosas ampollas para el alma y para unos pies poco habituados a tanto ajetreo.
Se descalzó e introdujo aliviado los pies en el exiguo arroyo que, en otros tiempos, aunque no para nadar, sí les sirvió para refrescarse. Absorto, arrancó un diente de león, brotando de su tallo truncado una pequeña lágrima lechosa. Recordó de inmediato cómo su abuela aplicaba ese jugo amargo a las pequeñas verrugas que crecían en el cuello de Tomás.
Llegó al fin. El asombro y el miedo se dibujaron en las caras de todos los que le vieron aparecer por el Torcido. Nada podía reprocharles. Pero ese miedo en sus ojos le laceraba el alma.
No entiende por qué lo hizo. Después de dos décadas sigue sin saber qué le llevó a cometer semejante atrocidad. ¿Celos, orgullo, codicia? Quizás una mezcla de todo aquello, junto al reparto injusto de las tierras de la abuela, fueron los que le empujaron a hundirle el hacha en la garganta.
Eso ya no importa. Lo importante es que ahora está allí. Lo primero que necesita hacer tras cumplir su condena es acercarse al cementerio para llevarle unas flores e implorarle el perdón a su añorado hermano Tomás.


21 octubre 2014

Reválida en el invierno de la vida

El agudo y repentino sonido del metal contra la loza hizo que diera un respingo en la silla. Era la segunda vez que el dichoso cuchillo se le escapaba de entre los dedos. Sentada en aquella vieja mesa, diseccionaba abstraída el engrudo carnoso y grasiento que le habían servido.
Cuando decidió volver a aquel lugar después de tanto tiempo, no imaginó encontrarlo todo igual. Todo menos lo que, antaño, fue conocido como el mejor pastel de carne de la ciudad. Las mesas y la barra del mesón se llenaban para saborearlo, acompañado siempre de su inseparable tazón de consomé. Un caldo exquisito que, en días de mucho frío como era ese, entonaba el cuerpo para el resto de la jornada. Pero tampoco el consomé que le arrojaron en la mesa era igual. Con seguridad, el agua de fregar tenía más sustancia que aquel insípido brebaje.
Todo lo demás estaba exactamente como lo recordaba. La única variante era el joven camarero que se mostraba tan hosco como su decrépito jefe y dueño del mesón. No sabía si le volvería a ver pero, allí estaba, refunfuñando tras la barra. Adolfo no la reconoció. Ni siquiera se molestó en mirarla cuando llegó. Pero ella sí lo hizo. Le encontró enjuto y arrugado, al igual que ella, pero sus ojos seguían desprendiendo la misma frialdad e inquina que ella recordaba.
Sin terminar el pastel, Carmen pidió la cuenta al camarero. Se enfundó los guantes, se ajustó la bufanda al cuello y se envolvió en su elegante abrigo. Antes de alcanzar la puerta se fijó en el espantoso cuadro que Adolfo se empeñó en comprar en Barcelona, durante su luna de miel.
Suspira aliviada. Su vida no ha sido feliz pero, tampoco desdichada, por eso sabe que hace cuarenta años tomó la decisión acertada. Abandonarle.  


14 octubre 2014

Jugarretas del rebelde caído

Dios sabe bien que no quería que ocurriese. Como todas las mañanas a las ocho menos cinco, Amelia traspasaba el portón de madera de la Iglesia de San Bartolomé. Llevaba haciéndolo desde poco después que partiese de misiones a Perú don Manuel, el antiguo párroco.
Una vez habituada al titilante resplandor de las velas, extendía su brazo hacia la pétrea pila y humedecía sus dedos en el agua purificadora, dirigiéndolos mecánicamente hacia su frente, pecho y hombros. Y, lentamente, como todas las mañanas, recorría los escasos metros que la separaban del primer banco frente al altar mayor.
No estaba en su mano que esa fuera una mañana más. Cuando marchaba para casa, ya con un pie fuera de la iglesia, Amelia fue abordada por el viejo sacristán urgiéndola para que entregara un par de gruesos cirios al nuevo párroco. No supo negarse y, nerviosa, se encaminó hacia la sacristía. Halló la puerta semiabierta y entró sin llamar. Lo primero que vio fue el torso fuerte y desnudo del padre Alejandro. Con el aguamanil en la mano, llenaba la jofaina de loza blanca con la clara intención de asearse. Al verla allí parada con los dos grandes cirios sonrió y, diligente, despojó de la pesada carga a su turbada feligresa.
El día en que se cumplían dos meses de aquel incidente, Amelia rezaba. Sabía que el siguiente movimiento del párroco era custodiar la sagrada forma en el viril que se hallaba frente a ella. Su cuerpo temblaba incontrolado. Esa turbación hacía que el reclinatorio donde descansaban sus rodillas vibrara. Tampoco esa mañana fue una mañana más. Por primera vez, el padre Alejandro desvió la mirada clavando en los suyos sus cálidos ojos ámbar. Fue una mirada perturbadora, poderosa. Una mirada tan fugaz como eterna. Horas después, don Alejandro desapareció para siempre. 


06 octubre 2014

Un desproporcionado sepelio para un mediocre

Nada más franquear el portal, un bofetón a rancio te sacudía, golpeando, incluso, a los moradores de aquel desvencijado lugar, tan decrépitos y rancios como el propio edificio. Siempre encontró la manera de evitarlos aunque, en alguna ocasión, pudo fisgonear agazapado el aspecto de alguno de ellos. Si sabían o no de su existencia, lo ignoraba. Él nunca se cruzó ni habló con ninguno de sus vecinos.

Conforme se ascendía en penumbras por la ajada escalera, los olores se abrazaban enmascarándose unos a otros haciendo imposible su identificación y enrareciendo, aún más, aquella atmósfera pútrida. Una vez alcanzado el último escalón, esa invisible envoltura infecta ya impregnaba por completo ropa y piel.

Su buhardilla no era ni olía mejor. Se trataba de un sórdido y húmedo cuchitril donde se había refugiado los últimos años. Una mísera covacha donde malvivía solo, mal dormía solo y, solo, se asilaba entre lienzos y pinceles.

Abarcando entre sus brazos un nutrido puñado de telas, recalaba a diario en una turística plaza donde, de tarde en tarde, conseguía vender alguna de sus obras. Unas obras tan mediocres como él mismo. Aun así, jamás maldijo su falta de talento. Era algo que no le atormentaba.

Esa madrugada llegó con el estómago vacío y rematadamente borracho. Esquivó el precinto amarillo que algún gracioso colocó a la entrada del portal, subió a gatas las escaleras, bebió un último trago y, embriagado por lo que le pareció un delicioso olor a tortilla, se dejó desplomar sobre el cochambroso jergón.

No fue el rugido de un león lo que le despertó. Apenas sí fue consciente de que las vigas de madera se desplomaban sobre él y el edificio entero, como un leviatán, le engullía arrastrándole hacia el abismo. Nadie le echó en falta. Murió acorde a como quiso vivir. Solo.